PIZARRA ABIERTA
irracional cobardía locura ceguera esperpéntico pelangoches criminal sinrazón inhumano ilógico imbécil demencial absurdo verdugos perverso grotesco
brutalidad sanguinario injusticia pendejos pusilámines
inútil
cuando las palabras vuelan
A las 8:30, como cada mañana, suena el despertador de María con una insoportable música pegadiza. Y también, como cada mañana desde que llevamos aquí, María se levanta con una energía fuera de lo común que a mí me da muchísima rabia.
A las 9:00, me levanto y me introduzco en la ducha que se sitúa dentro de la habitación. “El currante”, así llamamos al único que ha encontrado trabajo por ahora, sigue durmiendo. Esta noche llegó a las seis de la mañana después de sacar muchas bolsas de basura y colocar miles de vasos en un bar de moda de esta ciudad tan cool. Así que yo apuro mi ducha al máximo con especial sigilo.
Cuando salgo, María ya se está pintando las pestañas y mirándose por enésima vez al espejo. Ahora, ya se está duchando la única que faltaba. Yo mientras me voy vistiendo, un poco ajustadita como nos han aconsejado nuestros colegas los que ya llevan un mes aquí.
Las tres bajamos a desayunar al comedor del hostal que ahora hace las veces de hogar. Siempre hay seis o siete personas alrededor de la mesa en forma de “U”, personas de distintos lugares del mundo que hablan en distintas lenguas. Todos se comunican con más o menos desparpajo en inglés. Yo intento “hacerme el oído” como dice “el currante” pero, después de las dos semanas que llevamos aquí, estoy cada vez más segura que nunca lograré entender más que “jachu jachu”.
Discutiendo como siempre por lo tarde que empezamos nuestra jornada, a las 10:15 conseguimos irnos las tres un día más en busca del tesoro. Tres calles más allá del hostal está la estación de metro más cercana. Dentro del “underground”, repasamos el recorrido. Con un gran mapa de la ciudad, nos estudiamos el trayecto que la noche pasada, mientras nos tomábamos una pinta de cerveza entre las tres “no currantes” (el dinero no da para más), planeamos que haríamos hoy.
Situadas en el punto de partida, nos dividimos las calles: “tú la de la derecha, y nosotras dos la de la izquierda”, “tú los pares, y yo los impares”. Entro en el primer restaurante que me toca. Un hombre dentro de la barra me mira con la misma sonrisa de sorna que llevo viendo desde hace dos semanas. “Un, dos tres. Respira hondo”, pienso a la vez que me acerco al hombre de la sonrisa de sorna. Me sudan las manos y el corazón me va a mil, no me acostumbro. Digo la frase maldita, “I´m looking for a job”, y extiendo con mi mano temblorosa mi currículum. Rezo para mi interior que no me conteste. “Jachu jachu” me sopeta el hombre sin piedad. “Ok, Good Bye” respondo sin haber entendido ni papa.
María ya me está esperando con una sonrisa. “¿Qué, cómo te ha ido?”, me dice. “Pues como siempre”. “No me extraña, parece que les estás lanzando una bomba y que deseas salir corriendo”.
El siguiente bar ya me espera.
Esta es la historia de nuestro día a día en Londres buscando trabajo. Está siendo una de las experiencias mejores de mi vida que dudo mucho que se me olvide. La ciudad es hermosísima, ya lo verás en la foto. Y vivir como un vecino más de esta inmensa ciudad es algo que jamás se me olvidará. Aunque no pase del “jachu jachu” y “I´m looking for a job” sea la frase que más veces haya repetido en estas dos últimas semanas, creo que estoy aprendiendo mucho más de lo que esperaba.
No lo puedo creer. Es imposible que sea real. Incluso sería demasiado fuerte para el argumento de un cuento de horrores.
Desde luego que a estas alturas de la película no nos resulta nada extraño la noticia de un atentado en Bagdad ni tan siquiera a los que vivimos aquí, en medio de esta guerra. Ni tampoco percibimos como espectacular su fúnebre resultado: setenta y dos personas muertas y ciento cincuenta heridas. Ni prestamos atención a la zona en la que ocurrió, la chií; ni en qué lugar concreto, en el mercado de mascotas de Ghazil del centro de la ciudad o en un mercado de aves situado al sur. No, estos datos ya no cautivan nuestra atención. Más bien, resbalan sobre nuestros oídos.
Pero, la realidad puede ser aún increíblemente sorprendente. ¿De verdad es posible que se utilicen a mujeres con deficiencias mentales para cometer estos actos terroristas? ¿Quién fue capaz de despedirlas con un abrazo en su último viaje hacia la destrucción? ¿Quién es capaz de marcar los números de un móvil para hacer estallar los explosivos que estas mujeres, que no se encontraban en sus cabales, llevaban adosados a sus cuerpos?
Lo que tampoco puedo creer es que estas conjeturas sobre las terroristas fueran macabras invenciones de los responsables del ejército iraquí para denigrar aún más de lo que ya está la imagen de los grupos de la oposición violenta y mortífera.
Aunque, pensándolo bien, si la realidad de lo ocurrido dependiera de mi elección, me decidiría por la segunda opción. Parafraseando a Leibniz, sería la mejor de las posibles.
Decepcionado, me he marchado de Haro, donde junto con un centenar de colegas periodistas he seguido la vista sobre la demanda de veinte mil euros que Tomás Delgado Bartolomé había presentado para arreglar su coche. Lo que allí sucedió me pareció decepcionante. Así que, para alegrarme un poco, de camino a casa recalé en la Calle del Laurel de Logroño para chiquetear y refrescar la mente.Y aquí me encuentro, sentado en la esquina de una taberna, con medio vaso de un buen rioja sobre la mesa.
Considero que allí perdieron todos. Perdió el pobre de don Tomás, que se quedó sin sus veinte mil euros, después de haber mostrado coraje y osadía al reclamar a los padres del muchacho que murió atropellado por él un dinero no para pagarse un hospital donde se hubiera curado de las lesiones que nunca padeció ni para costearse un tratamiento psicológico por las secuelas psíquicas que el accidente le hubiera dejado sino para comprarse un flamante coche nuevo. Y, además, tiene que pagar las costas del juicio. Sí, la verdad es que me da pena este tal don Tomás.
Los padres del joven muerto, a pesar de que en Haro les aplaudieron como victoriosos, nada ganaron ese día, porque lo único que allí se produjo fue una retirada del contrario. Además, esta gente ya bastante bien sabe lo que es perder. En una aparentemente inocente noche del verano de 2004 perdieron a uno de los seres que más querían en la vida. Así las cosas, los padres de Enaitz Iriondo también perdieron en la vista de Haro. Y yo creo que ellos se hubieran merecido una victoria por todo lo alto.