lunes, 23 de julio de 2007

Hay días en los que mirándome el ombligo de forma claramente poco inteligente, no encuentro un tema sobre el que escribir. He buscado múltiples disculpas, porque la frustación, en estos casos, es grande y necesito alguna excusa que me disculpe. Pero, al menos en muchas ocasiones, la causa suele ser mucho más sencilla: una estúpida ceguera para no ver más allá de mi propio ombligo. Temas sobre los que escribir, y luchar, parece que sobran.

Quiero recibir una postal desde Irán. Y me gustaría que esa postal fuera una señal de que el artículo 83 del Código Penal iraní, según el cual la pena correspondiente al adulterio cometido por un varón casado o una mujer casada es la ejecución por lapidación, hubiera sido anulado; una señal de que Mokarrameh Ebrahimi no hubiera sufrido una pena de muerte que, si ya de por sí es inhumana y degradante, resulta especialmente cruel porque se ejecuta de forma que agudiza en el máximo grado posible el dolor de la víctima; una señal de que las autoridades iraníes y de otros muchos países hubieran aprendido a diferenciar entre la libertad individual y los deberes del estado sin encallarse en la tradición, religión o en peñascos que representan intereses menos honorables; una señal de que tanto Mokarrameh Ebrahimi como otros condenados a lapidación en Irán, Ashraf Kalhori, Iran, Khyrieh, Shamameh Ghorbani, Kobra N., Soghra Mola´i, Fatemeh y Abdollah F. y, de igual manera todos los seres humanos, hubiéramos conseguido vivir en un mundo más justo.

-¿No vas a citar a Amnistía Internacional?- me increpó Laura, la del bar.

La verdad es que no había caído en la cuenta de mi omisión. Pensé que cualquiera que leyera el texto pensaría irremediablemente que mi apuntador particular en este caso era este admirable grupo de activistas.

-Aunque, pensándolo bien -
siguió hablando Laura. Es un encanto de mujer.-, éstos de Amnistía Internacional, me han jodido en más de una ocasión: la lectura de sus fúnebres informes, me han producido una depresión de caballo, como mínimo, de dos meses. Así que no sé yo si estos pobres se merecen más publicidad de la que ellos solitos ya se ganan.

sábado, 21 de julio de 2007



Esta tarde tomé un café en Gerbeaud, en la plaza Vörösmarty de Budapest. Por aquí solía pasar la emperatriz Sisí en las ocasiones en las que se dejaba caer por la ciudad.
Gerbeaud es un elegante café, amplísimo, con techos casi infinitos, elegante, recubierto de maderas nobles y terciopelo, que abrió sus puertas en 1858 a la aristocracia y a la alta burguesía.
Ahora ha cambiado su clientela, casi exclusivamente turistas, que disfrutan del buen café, la tranquilidad y el gran espacio de igual manera que si se tratara de un anticuario. Los tiempos han cambiado, y también el café Gerbeaud, que ha sabido sobrevivir, conservando su encanto romántico, a dos guerras mundiales, la invasión y destrucción de los nazis, la ocupación soviética y hasta la caída del muro de Berlín.
Esta tarde he disfrutado por partida doble en Gerbeaud: por una parte, saboreé un buen café en un lugar tranquilo, confortable y acogedor; por otra, he disfrutado, casi vengativamente, del lujo que, en tiempos de mis antepasados, solamente estaba permitido, despótica e injustamente, a los más poderosos. Pero, al final, con los últimos posos del café, se me ha instalado una cierta acidez en el estómago: ¿de verdad ha cambiado tanto la vida?

jueves, 19 de julio de 2007

Los del sur también viajan en verano. Tratan de aprovechar la previsible calma del mar, aunque a veces la naturaleza les traicione. Buscan temperaturas menos tórridas en las que se respiren aires más transigentes. Es una nueva modalidad de turismo actual, nada barato, por cierto, y menos para las posibilidades económicas de sus usuarios; pero, el espejismo de la sociedad de consumo obnubila al que lo contempla desde el desamparo, y las ganas de huir de la pobreza se vuelven irreprimibles. La historia siempre acaba por repetirse aunque es verdad que de forma bien paradójica: en los sesenta del siglo pasado inundaban la única televisión que había imágenes de las rubias turistas suecas a las que se les escapaban las carnes bajo sus liliputieneses bikinis de colores; y, a comienzos del siglo XXI, siguen acaparando las pantallas de las televisiones imágenes de la última moda de turismo, aunque ahora sean viajeros que caminan al revés, del sur al norte, y sean negros, y prefieran el viaje por mar al de por aire y que, sobre todo, se destaquen por ser aventureros, arriesgados e intrépidos. Algunos consiguen su meta; otros, no. Anteayer, diecisiete de julio de 2007, perdieron su vida unos cincuenta inmigrantes, ahogados, a 98 millas al suroeste de Punta Rasca (Tenerife). Estos cincuenta seres humanos, que emprendieron un viaje hacia lo desconocido y que sólo buscaban nuevas condiciones de vida para sí y para sus familias, no llegaron a su meta: un golpe de mar les robó sin previo aviso todas sus ilusiones.

Estas líneas son, simplemente, la sincera expresión de mi comprensión por aquellas personas que emprenden un viaje de aventura y de riesgo en busca de un mundo más justo. También siento por ellos verdadera admiración.

martes, 3 de julio de 2007

Tener un amigo en la CIA es una bendición para un coleccionista de postales. Los agentes, entre tantos vuelos secretos y visitas a tantas cárceles sin nombre, siempre encuentran un minuto para acordarse de los suyos. En los últimos meses, he viajado de lo lindo gracias a mi amigo de la CIA y a los curiosamente llamados detenidos extrajudiciales: de Bangor a Roma, de Praga a Bakú, de Islamabad a Ammán, de Rabat a Bucarest, de Argel a Larnaca, de Estocolmo a El Cairo, de Washington a Mallorca, de Skopje a Guantánamo...

domingo, 3 de junio de 2007

Estudiando geografía con mi sobrina, acabo de dibujar en el mapa el contorno de Trinidad y Tobago, desde donde nadie todavía me ha enviado una postal. He repasado mentalmente la agenda de mis amigos viajeros para ver quién de ellos podría caer por allí y pedirle el favor. Pero, inmediatamente, caí en la cuenta de que debía borrar de la lista de futuros viajeros a Trinidad y Tobago a mis amigos gays y lesbianas, porque ellos no son bien recibidos allí y, además, sufrirían en sus carnes intimidación y discriminación (en palabras de Amnistía Internacional). Es más, aún sigue vigente la ley que pena con cárcel los actos homosexuales entre adultos. No tengo el gusto de conocer a Elton John, pero el que me escriba desde allí tampoco será él. De ello parece encargarse muy bien el archidiácono de Trinidad y Tobago, Philip Isaac, que ha pedido que se prohíba su presencia en el país debido a su homosexualidad activa (desde luego, no deja de ser curiosa la frasecita) y debido también al peligro de que a sus compatriotas les dé por imitar al cantante. ¿Quién, entonces, me enviará una postal desde Trinidad y Tobago?

jueves, 24 de mayo de 2007

Nunca antes me había sucedido nada igual. Acabo de recibir una postal anónima. Me la han enviado desde la costa norte de Kenia, cerca de Malindi y con vistas al Océano Índico. La postal muestra una fotografía en la que un hombre blanco de unos cincuenta años, con bronceado sin caducidad y rodeado de tres bellezas juveniles, bebe un líquido anaranjado resguardándose del sol bajo un templete. A su alrededor se extiende una playa blanquísima salpicada de palmeras. El mar cristalino se abre al fondo bajo un cielo azul inmaculado. Cerca de la arena, al caballero y a las damas les espera un aristócrático yate. Los sirvientes negros quedan fueran del encuadre. Las formas se guardan con corrección y decoro.

El texto del mensaje es de una claridad meridiana.

Mi querido perdedor:
Eres un pelagatos de tres al cuarto y un imbécil de mierda.
Tú y los de tu ralea no sabéis ni nunca podréis disfrutar de un paraíso como éste.
Adiós.

lunes, 21 de mayo de 2007


Un amigo me ha conseguido a través de otro amigo unas postales de Soria: una de las ruinas de Numancia, otra de la iglesia de Santo Domingo, y la tercera del monasterio de San Juan de Duero. Son unas postales de hace unos veinte o treinta años, en colores vivos, pero que el paso del tiempo las ha ido rebajando de tono otorgándoles una inefable pátina de lejanía. Contemplándolas, no me resultó difícil viajar en el tiempo e imaginar a Antonio Machado viviendo en Soria. Viviendo y amando. Antonio Machado, de treinta y cuatro años, se casó con Leonor Izquierdo, de quince, el 30 de julio de 1909. (He vuelto a leer las dos líneas anteriores y me ha dado por sonreír al pensar que me he mantenido casi siempre en un extremo relativismo moral en relación a los actos externos del ser humano, pero no así en cuanto a su voluntad. Eso es lo que he creído siempre y, claro está, ni soy el único ni el innovador de esta visión moral. Es difícil mantenerse en esta postura porque a menudo cabalga uno al borde del abismo. Aunque, en ocasiones, no es tanta la dificultad: aún no me ha supuesto ningún esfuerzo distinguir las diferentes voluntades en una historia como la de Antonio Machado o en los viajes de turismo sexual infantil hacia países del sudeste asiático o hacia América Latina y el Caribe.) Parece ser que el día de la boda de Leonor y Machado ocurrió lo que era políticamente correcto: desde los soportales de enfrente unos jóvenes vocingleros insultaron a los novios cuando salían de la iglesia.